“El Poder de Tu Muerte”

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.
Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; más en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.”
– Romanos 6: 1-14
Durante la segunda guerra mundial, un obispo luterano, encerrado en un campo de concentración, fue torturado por un oficial de las SS, quien trataba de sacarle algún tipo de confesión. En una pequeña habitación, los dos hombres estaban cara a cara, el uno causando un terrible dolor sobre el otro.
El obispo toleraba el sufrimiento y no respondía palabra a su torturador. Su silencio llegó a irritar de tal manera al oficial que finalmente explotó en ira y le gritó con todas sus fuerzas: “¿No sabes que puedo matarte ahora mismo?
El cristiano miró a los ojos de su verdugo y con una voz rota, lentamente le dijo: “Sí, lo sé, -haga lo que quiera- pero yo ya estoy muerto-.”
Desde ese momento, el oficial no pudo volver a levantar su mano contra él, y perdió su poder sobre su víctima. Parecía como si hubiera sufrido una parálisis, y ya no pudo volver a tocarlo.
Todas sus crueldades estaban basadas en la suposición de que este hombre se aferraría a su vida como su más valiosa propiedad. Estaba seguro de que tarde o temprano obtendría toda la información que buscaba a cambio de la vida de su rehén.
Sin embargo, cuando la base y la razón de su violencia habían desaparecido, la tortura se había convertido en una actividad ridícula e inútil.
-Henry Nouwen, -“Reaching Out”

Cuanto más nos aferramos a vivir una vida mundana, más esclavos nos hacemos de los asuntos materiales de este mundo. Un hombre muerto es el hombre más libre que existe. Él ya no tiene necesidad de las cosas de este mundo. A medida de que seamos capaces, con la ayuda del señor, de dejar estas cosas que nos asedian, mejor podremos captar nuestra realidad eterna, para mirar más allá del velo, y vivir la vida de resurrección en Cristo aquí y ahora.
Cuando renunciamos a las reglas de nuestra vieja naturaleza y abrazamos la nueva naturaleza de Cristo que mora en nuestro interior, el enemigo ya no posee ningún poder sobre nosotros… y él lo sabe.
Así pues, humanas y hermanos, ¡sigamos la Vida!

“Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.” –Mateo 16:25

De la web: Experiencing Christ
Traducido por el autor de este sitio.

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