Parte 2 “El espíritu, el alma y el cuerpo después de la caída”

Adán vivía por el aliento de vida que se hizo espíritu en él. Por medio del espíritu percibía a Dios, conocía la voz de Dios y tenía comunión íntima con Dios. Era profundamente consciencia de Dios. Pero después de la caída su espíritu murió.
Cuando Dios habló con Adán, antes que nada le dijo: «el día que comas de ella (la fruta del árbol del bien y del mal) morirás» (Gen. 2:17). Aun así, Adán y Eva vivieron cientos de años después de haber comido la fruta prohibida. Evidentemente, esto indica que la muerte que Dios había anunciado no era física. La muerte de Adán empezó en su espíritu.
¿Qué es realmente la muerte? Según la definición científica la muerte es «el cese de la comunicación con el medio ambiente». La muerte del espíritu es el cese de su comunicación con Dios. La muerte del cuerpo es la interrupción de la comunicación entre el espíritu y el cuerpo. Así pues, cuando decimos que el espíritu está muerto no implica que ya no haya espíritu. Sólo queremos decir que el espíritu ha perdido su sensibilidad hacia Dios y por eso está muerto para Él. La situación exacta es que el espíritu está incapacitado, es incapaz de tener comunión íntima con Dios. Vamos a ilustrarlo. Una persona muda tiene boca y pulmones, pero hay algo que falla en sus cuerdas vocales que le impide hablar. Para todo lo que se refiere al lenguaje humano su boca puede ser considerada muerta. De igual manera el espíritu de Adán murió a causa de su desobediencia a Dios. Aún tenía su espíritu, pero estaba muerto para Dios porque había perdido su instinto espiritual. Y sigue siendo así. El pecado ha destruido el profundo conocimiento intuitivo que el espíritu tenía de Dios y ha hecho al hombre espiritualmente muerto. Puede ser religioso, moral, erudito, capaz, fuerte y sabio, pero está muerto para Dios. Incluso puede hablar de Dios, razonar acerca de Dios y predicar a Dios, pero sigue estando muerto para Él. El hombre no puede oír o percibir la voz del Espíritu de Dios. En consecuencia, Dios, en el Nuevo Testamento, llama a menudo muertos a los que están vivos en la carne.
La muerte que empezó en el espíritu de nuestro antepasado se extendió gradualmente hasta alcanzar a su cuerpo. Aunque vivió muchos años después de haber muerto su espíritu, aun así
la muerte trabajó sin cesar en él hasta que murieron su espíritu, su alma y su cuerpo. Su cuerpo, que podría haber sido transformado y glorificado, en lugar de eso volvió al polvo. Como su hombre interior había caído en el caos, su hombre exterior debía morir y ser destruido.
Desde entonces el espíritu de Adán (así como el espíritu de todos sus descendientes) cayó bajo la opresión del alma, hasta que poco a poco se fusionó con el alma y las dos partes quedaron fuertemente unidas. El escritor de Hebreos afirma en 4:12 que la Palabra de Dios traspasará y separará el alma y el espíritu. La separación es necesaria porque el espíritu y el alma se han vuelto uno. Mientras están íntimamente unidos, sumergen al hombre en un mundo físico. Todo se hace siguiendo los dictados del intelecto o del sentimiento. El espíritu ha perdido su poder y su sensibilidad, como si estuviera totalmente dormido. El instinto que aún tenga para conocer y servir a Dios está completamente paralizado. Permanece en coma como si no existiera. Es a esto que se refiere Judas 19 cuando dice «natural, sin espíritu» (literal). Claro está que esto no significa que el espíritu humano deje de existir, porque Números 16:22 afirma claramente que Dios es «el Dios de los espíritus de toda carne». Todo ser humano sigue poseyendo un espíritu, aunque está oscurecido por el pecado y es impotente para tener comunión con Dios.
Aunque este espíritu esté muerto para Dios, puede permanecer tan activo como la mente o el cuerpo. Dios lo considera muerto, pero todavía es muy activo en otros aspectos. En ocasiones el espíritu de un hombre caído puede incluso ser más fuerte que su alma o su cuerpo y puede conseguir el dominio sobre todo el ser. Estas personas son «espirituales», de la misma manera que la mayoría de las personas son anímicas o físicas en su mayor parte porque sus espíritus son más grandes que los de la gente corriente. Éstos son las brujas y los hechiceros. Es cierto que mantienen contacto con el mundo espiritual, pero lo hacen por medio de espíritus diabólicos, no por el Espíritu Santo. De este modo, el espíritu del hombre caído se alía con Satanás y sus espíritus diabólicos. Está muerto para Dios, pero ciertamente muy vivo para Satanás y sigue a los espíritus diabólicos que trabajan en él.
Al ceder a las exigencias de sus pasiones y deseos carnales el alma se ha convertido en esclava del cuerpo, de manera que el Espíritu Santo no tiene oportunidades para luchar con miras a recuperarla para Dios. Por eso la Biblia afirma: «Mi Espíritu no instará al hombre siempre, porque ciertamente es carne» (Gn. 6:3). La Biblia dice de la carne que es el compuesto del alma no regenerada y de la vida física, aunque la mayoría de las veces señala al pecado que está en la carne. Una vez que el hombre está bajo el dominio de la carne no tiene ninguna posibilidad de liberarse. El alma ha sustituido a la autoridad del espíritu. Todo se hace independientemente y según los dictados de su mente. Incluso en asuntos religiosos, en la más apasionada búsqueda de Dios, todo se lleva a cabo con la fuerza y la voluntad del alma del hombre, carente de la revelación del Espíritu Santo. El alma no es simplemente independiente del espíritu, sino que además está bajo el control del cuerpo. Se le pide que obedezca, que ejecute y que satisfaga los deseos carnales, las pasiones y las demandas del cuerpo. Así pues, todo hijo de Adán no sólo está muerto en su espíritu, sino que también es «de la tierra, un hombre de polvo» (1 Co. 15:47). Los hombres caídos están bajo el dominio total de la carne, actuando en respuesta a los deseos de su vida anímica y de sus pasiones físicas. Son incapaces de tener comunión íntima con Dios. A veces desarrollan su intelecto, en otras ocasiones su pasión, pero lo más frecuente es que desarrollen tanto su intelecto como su pasión. Sin estorbos, la carne controla firmemente a todo el hombre.
Esto es lo que se expone en Judas 18 y 19: «burladores, persiguiendo sus propias lujurias e impiedades. Éstos son los que se han apartado, hombres naturales, sin espíritu». Ser anímico es contrario a ser espiritual. El espíritu, nuestra parte más noble, la parte que puede unirse a Dios y que debería gobernar al alma y al cuerpo, ahora está bajo el dominio del alma, esa parte de nosotros que es mundana en sus motivos y en sus metas. El espíritu ha sido desposeído de su posición original. La condición actual del hombre es anormal. Por eso se le describe como si no tuviera espíritu. El resultado de ser anímico es volverse escarnecedor, perseguir pasiones impías y crear divisiones.
1 Corintios 2:14 habla de estas personas no regeneradas de la siguiente manera: «El hombre natural (anímico) no recibe los dones espirituales de Dios porque para él son locura, y no puede comprenderlos porque se disciernen espiritualmente.» Estos hombres se encuentran bajo el control de sus almas y con sus espíritus reprimidos contrastan totalmente con las personas espirituales. Pueden ser portentosamente inteligentes, capaces de presentar ideas y teorías con autoridad, pero no admiten las cosas del Espíritu de Dios. No están capacitados para recibir la revelación del Espíritu Santo. Esta revelación es absolutamente diferente de las ideas humanas. Los hombres pueden pensar que el intelecto y el razonamiento humanos son todopoderosos, que el cerebro puede comprender todas las verdades del mundo, pero el veredicto de la Palabra de Dios es: «vanidad de vanidades».
Mientras el hombre está en su estado anímico a menudo percibe la inseguridad de esta vida y en consecuencia busca la vida eterna del mundo venidero. Pero incluso si lo hace sigue sin poder desvelar la Palabra de vida con sus muchos razonamientos y teorías. ¡Qué poco dignos de confianza son los razonamientos humanos! Con frecuencia observamos cómo personas muy inteligentes chocan en sus diferentes opiniones. Las teorías conducen fácilmente al hombre al error. Son castillos en el aire que lo hunden en la oscuridad eterna.
Qué cierto es que sin la guía del Espíritu Santo el intelecto no solamente es poco de fiar sino que es extremadamente peligroso, porque frecuentemente confunde lo bueno y lo malo. Un ligero descuido puede provocar, no simplemente una pérdida temporal, sino incluso un daño eterno. La mente oscurecida del hombre frecuentemente le lleva a la muerte eterna. Si las almas no regeneradas pudieran verlo, ¡qué bueno sería!
En tanto que el hombre es carnal lo puede controlar otra cosa además del alma: también puede estar bajo la dirección del cuerpo, porque el alma y el cuerpo están fuertemente entrelazados. Como el cuerpo de pecado abunda en deseos y pasiones, el hombre puede cometer los pecados más espantosos. El cuerpo está hecho del polvo de la tierra y por eso su tendencia natural es hacia la tierra. La introducción del veneno de la serpiente en
el cuerpo del hombre convierte todos sus deseos legítimos en deseos carnales. Una vez que el alma ha cedido ante el cuerpo al desobedecer a Dios, se encuentra obligada a ceder siempre. Los bajos deseos del cuerpo pueden de ese modo expresarse a través del alma. El poder del cuerpo se vuelve tan abrumador que el alma no puede hacer otra cosa que convertirse en una esclava obediente.
El plan de Dios para el espíritu era que tuviese la preeminencia, que gobernase nuestra alma. Pero una vez que el hombre se vuelve carnal, su espíritu queda esclavizado al alma. La degradación aumenta cuando el hombre se vuelve «corporal» (del cuerpo), porque el cuerpo, que es más bajo, asciende hasta ser el soberano. Entonces el hombre ha descendido del «control del espíritu» al «control del alma», y del «control del alma» al «control del cuerpo». Cada vez se hunde más y más. Qué lamentable ha de ser cuando la carne consigue el dominio.
El pecado ha dado muerte al espíritu: por eso la muerte espiritual alcanza a todos, porque todos están muertos en pecados y transgresiones. El pecado ha vuelto independiente al alma: en consecuencia la vida anímica no es más que una vida egoísta y obstinada. Finalmente el pecado ha dado plenos poderes al cuerpo: por consiguiente, la naturaleza pecadora reina por medio del cuerpo.
-Watchman Nee
De su libro: “El hombre espiritual”

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