A mis amigos, los ateos.


Antes que nada, suelo felicitarles por su gran fe, porque se necesita más fe para ser ateo, que para creer en Dios. Y esto es porque creer que el universo ha venido a existir de la nada, y por sí mismo, requiere una tremenda fe; sin embargo, creer que Alguien lo creó es mucho más fácil, racional y de sentido común.
De hecho, el engaño que sostiene el “ateísmo” empezó cuando el jesuita George Lemaître inventó el cuento de la gran explosión cósmica, que según él, dio origen a los planetas y la vida, con su teoría fantasiosa del “Big-Bang”.
Una mentira que inmediatamente fue adoptada por el sistema educativo y pregonada por todos los medios informativos del mundo, hasta el día de hoy. Y todo ello, a pesar de que la verdadera ciencia nos dice que una explosión produce caos, desorden y muerte; sin embargo, “ellos” nos educan diciendo que produce orden y vida.
Charles Darwin se unió a ese monumental engaño introduciendo la ridícula y absurda mentira de que la vida en el planeta surgió de la nada, y que nuestros antepasados fueron simios. Lo cual es una completa idiotez. De hecho, hoy en día, la teoría de la “evolución de las especies” no se sostiene y se cae por su propio peso con la más mínima y honesta investigación científica. Y la única la razón por la que sigue apareciendo en los libros de texto de nuestros hijos, es por el interés doctrinal que tiene la “élite” que gobierna el mundo desde la sombra.
A mi amigo ateo le diría lo siguiente: “Supongamos que te mueres, y como cristiano y amigo tuyo me llaman para tu funeral. Entonces, siguiendo y respetando tu “ateísmo”, yo te prometo que no mencionaré a Dios, no rezaré delante de tu féretro, no leeré la Biblia, ni tampoco cantaré un himno en tu memoria. Simplemente diré: «Este hombre nació, vivió y se fue».
Pero descubrí algo muy interesante, y es que a los ateos no les importa vivir sus vidas como ateos, pero otra cosa muy distinta es a la hora de morir como tales. Más bien tienen miedo de morir con esa creencia porque en sus corazones saben que es una decisión demasiado arriesgada. Y en el fondo, ellos saben que Dios existe, porque así está escrito: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
De hecho, el ateísmo es una moda a seguir que la sociedad ofrece. Ser ateo es una simple y conveniente decisión personal que nos permite vivir la vida según nuestra propia voluntad. Es también una forma de aplacar la voz de la conciencia que nos guía a lo bueno y nos advierte de la maldad, para que no sigamos instintos animales. El ser “ateo” es seguir la corriente de una mayoría, sin reconocer que el simple hecho de declararse ateo implica que Dios existe.
Una pregunta muy importante que suelo hacer a mis amigos los ateos es la siguiente: “¿Puedes decirme en que Dios no crees?”
Y cuando me cuentan esa clase de “Dios”, yo suelo decirles: “Bueno, yo tampoco creo en ese Dios, y pienso que es normal que te declares ateo; en tu caso, yo también sería ateo, porque tampoco creo en ese Dios religioso que enseñan muchos líderes en todas esas instituciones establecidas de forma jerárquica y farisaica.
Existe en ellas un liderazgo que se levanta por encima de los demás como si “ellos” fueran “especiales”, “diferentes”, o “mejores” que los demás, y eso es un gran engaño. Todos tenemos nuestras debilidades y nuestras fortalezas, todos somos iguales ante los ojos de Aquél que nos creó, todos podemos aprender los unos de los otros, y en definitiva, todos somos “aprendices”, porque la vida es tan corta, que no da para más.
Sin embargo, estas religiones que dicen representar a Dios, viven del dinero de sus feligreses, cobran por sus sermones, y a menudo sus vidas se distinguen por actitudes orgullosas y santurronas. A menudo, ellos mencionan a Jesús, y predican sus palabras, pero nuestra experiencia nos dice que ellos predican “otro Jesús” y “otro evangelio”, porque el Cristo que conocemos en la Sagrada Escritura no es el que ellos nos muestran. Y todo ello, sin olvidar que fueron los fariseos “religiosos” de su época, los que lo persiguieron y lo crucificaron.
Así pues, nunca deberíamos criticar a un ateo sin antes saber qué clase de “Dios” conoce, o que tipo de “Dios” se le dijo que debía de creer. Probablemente se declara ateo a causa del gran engaño “iglesiero” que puede observar a su alrededor, y lo digo por experiencia propia, porque también yo fui ateo durante muchos años debido a la gran confusión que rodea toda esta parafernalia clerical y jerárquica.
Como cristianos, la verdadera pregunta que todos debemos hacernos es: ¿Qué clase de Dios es en el que creemos? Y ¿Qué clase de Dios es el que presentamos al mundo? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la Sagrada Escritura y tiene un Nombre que es sobre todo nombre, Jesucristo. Porque está escrito que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros; por lo cual, si queremos saber quién es Dios y como es Dios, debemos mirar a Jesús, porque está escrito que Él es la Imagen del Dios invisible.
En el fondo, esta moda de declararse “ateo” o “agnóstico” forma parte de la ingeniería social que proviene de los medios de información masivos, encargados de adoctrinar a las masas para seguir construyendo esta “matrix” que nos rodea formando una sociedad decadente y corrupta que se ajuste y acepte el Nuevo Orden Mundial.
Miguel de Unamuno dijo: “Hasta un ateo necesita a Dios para poder negarlo.”
Lee Strobel: “Todo ateísmo es temporal, se termina después de la muerte.”
Chesterton: “Si Dios no existiese, tampoco existirían los ateos.”
D. Garlick: “En el infierno no hay ateos, allí todos creen en Dios.”
Santiago 2: “¿Crees que Dios es Uno? Haces bien, también los demonios creen y tiemblan.”
Gilbert Chesterton: “El ateísmo es una anormalidad. No se trata de una mera negación de una creencia, es el opuesto de una realidad grabada en el subconsciente del alma; la conciencia de que existe un significado, un propósito, y una dirección en el mundo que contemplamos.”
“En las trincheras, en la sala de operaciones, y en los salvavidas, no hay ateos.”

(Editado por José Torres Arjona)

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